#3 / Toda la verdad sobre la organización social de las abejas

Pez en el hielo presenta una nueva edición de #. Cuatro nuevos escritores: Santiago del Valle Dávila (Chile) con ilustraciones de Diego Bonilla, María Eugenia Trías, Gonzalo Cousillas y Mariana Figueroa.

“…Me dieron esta cámara. No tengo la menor idea de cómo usarla. No tengo punto de comparación para determinar su calidad técnica; y mi ojo inmaduro quiere apuntar el lente a todas las cosas y a ninguna, quiero meter una calle completa en un marco, luego cubrir mi vista para salvarme de los horrores del mundo; quiero retratar el inmenso cuerpo desnudo y también la yema de unos dedos restregando una arruga. Quiero hacer todo esto y aunque no puedo, soy testarudo porque soy joven y no tengo la menor idea de cómo conseguir un enfoque…”

Santiago del Valle Dávila

 

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Diego Bonilla

 

“…Todos nos servíamos del vino púrpura que estaba en la heladera. Entonces las salivas resbalaban por nuestra bocas, gotas de transpiración caían sobre el suelo, las manos golpeaban la mesa dejando marcas de sudor, ese líquido agrio y espeso, los vasos chocaban y las paredes se manchaban en rojo. Nuestras lenguas resbalaban intentando conformar algún sonido. Después nos reíamos en fuertes carcajadas que nos hacían retorcer el cuerpo, quebrabamos el piso con patadas de gracia y golpeabamos las costillas del otro con los codos, nuestras vidas temblaban, las bocas se abrían y cerraban mostrando el agujero negro que alcanzaba nuestras vísceras y los pocos dientes que asomaban sobre las encías resplandecían en el medio de esa oscuridad…”

María Eugenia Trías

 

“…Hace trece días, el cordón de mi zapato derecho comenzó un proceso emancipatorio. Cuando me arrodillé a atarlo, me di cuenta que no era un simple cordón desatado. Decidí no intervenir, dejarlo que haga lo que quiera. En esos días estaba manteniendo una política de no intervención sobre algunos objetos para compensar de alguna manera la incontable cantidad de materia que transformaba en mi taller. Anduve dominado por los impulsos que me decían qué objeto secuestrar para convertir en pieza de arte y que objetos de manipulación cotidiana abandonar a su suerte…”

Gonzalo Cousillas

“…De cualquier manera, Manuel eligió no mirar el cuadro. No supo si por respeto, por algún flash supersticioso o por no tener que estar pensando cuánto faltaría para que Joaquín se tranquilizara. Pero lo cierto es que había algo bastante perturbador en el rostro del niño llorón, que no despertaba en el incrédulo Manuel un temor definido hacia algún hecho sobrenatural, pero sí una suerte de angustia etérea, como si Bruno Amadio le hubiera insuflado quién sabe qué herida inmaterial, en una acción despojada de conciencia y por lo tanto, temible. Por suerte, Joaquín lo interrumpió…”

Mariana Figueroa

 

 

 

 

 

 

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